Romper palabras para no hablar

I
Me gusta cabrear a Jaime antes de marcharnos a dormir. No cabrearle por el hecho en sí de discutir, de pelearnos, de tirarnos los trastos a la cabeza, sino por lo gratificante de la reconciliación. Lo gratificante de ese último abrazo de terminar hermanísimos e irnos a dormir con toda la tranquilidad del mundo.
Por supuesto mamá esto no lo sabe. Ella piensa que discutimos simplemente porque somos dos niños incompatibles. No nos podemos ni ver. Eso piensa ella. Y en cierta forma le duele mucho. No soporta ver cuando nos enzarzamos el uno con el otro, cuando nos agarramos de los pelos, o nos propinamos una ligera patada en la espalda.

La última vez que discutimos Jaime y yo, mamá se disgustó tanto que se sentó en el borde de la acera y se puso a llorar. Jaime y yo desaparecimos por un instante de su mundo, de su ángulo de visión. Simplemente se sentó en la acera, se olvidó de nosotros, metió su cabeza entre las manos, y se puso a llorar como nunca lo había hecho.

II
Las lágrimas son saladas. Saladas en el sentido más amplio de la palabra. Saben saladas y duelen como la sal. La sal de las manos de mi madre, ese día, era más salada que la sal misma. Salía de sus ojos en terrones y le caía por las manos blancas hasta dejar en el suelo un gran charco de madre dolida.

– Eres idiota. ¿Ves lo que has conseguido?- Jaime me propinó un duro golpe en la nuca

Jaime tampoco había visto llorar ni desalarse de esa manera a mi madre. Los dos nos acercamos temerosos y nos sentamos a su lado. Uno a cada lado de ella. Jaime puso su mano derecha sobre su hombro e intentó consolarla. Ella alzó la cabeza, nos miró a los dos, y volvió a romperse en un llanto todavía más desconsolado que el primero.

III
– Te prometo que no volveré a pegar a Jaime. Te lo prometo mamá- me daba miedo la manera en que mama se había olvidado del mundo. Me daba miedo que se quedara ahí sentada para siempre y no se acordara de nosotros, ni se acordara de papá, ni se acordara de que había que sacar a Boby a hacer sus necesidades.- De verdad mamá, no volveré a hacerlo- la cara se me empezaba a llenar a mi también de sal. Una sal más pequeñita que la de mi madre, pero con la misma forma de piedra, con el mismo color blanco, y con el mismo filo cortante que te marca la mejilla y te hace sangrar.

IV
No entiendo por qué hay gente a la que le gusta llorar. Nunca lo he entendido ni lo entenderé. Es un hecho en sí doloroso y agotador. Te deja sin sales minerales en el torrente sanguíneo, y duele más cuanto más dura el llanto. Los ojos se hinchan, enrojecen, y pierden hasta las ganas de mirar.
Si se llora lo mejor es irse a dormir. Cerrar los ojos y poner la mente en blanco. Cerrar los ojos e intentar consolarlos con palabras bonitas. Eso es lo que solía hacerme Jaime cada vez que discutíamos y yo terminaba llorando.
Apagábamos la luz de la habitación, él se apoyaba en el borde de mi cama y me tiraba con fuerza palabras bonitas contra los párpados. Palabras bonitas y frescas que me calmasen la irritación de los ojos.
Después, cuando yo ya estaba a punto de caer dormido, me dejaba un suavecito beso sobre la frente para que me alumbrase durante la noche, y no me diera miedo nada.

V
Desde aquel día mamá no volvió a ser la misma. Simplemente llegó un momento en que se levantó de la acera, nos cogió de la mano sin intercambiar palabras, y nos condujo a casa inmersos en un silencio absoluto.
La mano de mamá estaba pegajosa. No me gustaba ese tacto. La manera laxa de sujetarme no me gustaba. Ni el intenso olor a sal, ni las profundas arrugas que ya se notaban en el envés de su piel. No me gustaba la manera despreocupada de andar hacia casa sin recriminarnos que Jaime y yo hubiéramos discutido. Ni siquiera que su mano estuviera tan fría y tan húmeda. No me gustaba esa mamá rara que se había levantado de la acera.

VI
La cena aquel día estuvo sosa. Fría y sosa. La cena de aquel día trascurrió en silencio. Con papá y mamá en silencio. Con Jaime y yo en silencio. Con las platos completamente en silencio, y Boby en silencio, y el reloj que marcaba los movimientos de casa en silencio.

La mirada de Jaime aquella noche estaba sosa. Sosa en el sentido de que no parecía ser Jaime el que me miraba desde el otro lado de la mesa. Parecía un Jaime mucho más grande, con ese gran trozo de hombro de mi madre pegado en su mano, con ese estar quieto sobre la mesa tan inapropiado en él, que me hizo pensar que Jaime ya no era Jaime, y que no volvería a ser ese hermano que me dejaba la lucecita en la frente para no tener miedo durante la noche.

VII

Desde aquel día mamá no volvió a hablar. Simplemente se limitaba a hablarnos con sus ojos. Nos miraba con la mirada de un cordero degollado momentos antes de la mano que le corta la vida y le desangra. Me miraba con una pena extraña que me atravesaba la piel, se incorporaba al torrente sanguíneo, y se extendía punzantemente por todo el cuerpo. La sensación era similar al dolor que se sentiría si te clavaran miles de palabras en las mejillas. La culpabilidad encendía mis mejillas y me las dejaba rojas durante todo el día.

Desde aquel día papá no volvió a hablar. Sé que me consideraba culpable de haber perdido a mamá sobre aquella acera. Él nunca lo hubiera consentido de haber estado presente. Era un acto tan sencillo como el acto de agarrarla de la mano y sujetarla a este mundo con todos los alfileres que hubieran sido necesarios. Jaime y yo éramos pequeños. Teníamos poca fuerza, y no pudimos evitar que mamá se elevara al cielo como un globo hinchado de metano.
Aquí quedó sólo el envoltorio de plástico. La piel, los huesos, la sangre, y esa manera de mirarnos como si quisiera hablar con nosotros, y no tuviera una sola palabra a la que recurrir.

Desde aquel día Jaime no volvió a hablar. A la mañana siguiente había nacido en sus mejillas una barba gruesa. Los dientes se habían pintado de amarillo. El vientre se había hinchado hasta parecer un globo repleto de metano. Su voz no era la voz de Jaime. Su voz se había vestido de negro y de palabrotas, de ropa sucia y un mal olor impropio de mi hermano, de una desgana de vida y una ronquera dolorosa que le hacía toser incansablemente.
De seguir fumando, Jaime duraría muy poco años más.

Desde aquel día yo nunca volví a hablar. Mamá me había robado las palabras para utilizarlas con su mirada. Papá me cosía por las noches los labios para que no le pidiera más veces perdón. Jaime no me dejaba hablarle porque pensaba que yo había sido el culpable de que nuestra familia se fuera rompiendo poco a poco.

Anuncios
Explore posts in the same categories: RELATO

3 comentarios en “Romper palabras para no hablar”

  1. Ciela Says:

    La mirada de un niño y su explicación de la pérdida de la alegría. La culpa enmarcándolo todo. El Paso del Tiempo Fumando y esFumando a las escenas de la Niñez, tiñendo los dientes de amarillo.

    Un relato apasionante, Emilio. Como para volver a tener Dientes de Leche.

    Un saludo desde Buenos Aires.

  2. botón Says:

    Sobrecogedora mirada de niño.
    Realmente espléndido.
    Saludos

  3. pandemonia Says:

    gracias


Responder

Introduce tus datos o haz clic en un icono para iniciar sesión:

Logo de WordPress.com

Estás comentando usando tu cuenta de WordPress.com. Cerrar sesión / Cambiar )

Imagen de Twitter

Estás comentando usando tu cuenta de Twitter. Cerrar sesión / Cambiar )

Foto de Facebook

Estás comentando usando tu cuenta de Facebook. Cerrar sesión / Cambiar )

Google+ photo

Estás comentando usando tu cuenta de Google+. Cerrar sesión / Cambiar )

Conectando a %s


A %d blogueros les gusta esto: