HISTORIA DE UN BESO (parte 1)

El sabor del primer beso no lo recuerdo. Ni el sabor, ni la forma, ni de quién lo recibí, ni siquiera si alguna vez eso beso existió, o si simplemente se cultivó en mi cama una noche cualquiera: un sueño más entre otros muchos desdibujados por el tiempo.El sabor del primer beso, como lo tendría que recordar, podría equipararse con el de un pétalo guardado en el interior de un libro. Seco para intensamente rojo. Rojo pero intensamente muerto. Muerto con ese olor a muerto que sólo adquieren los palabras que se guardan en un cajón y se dejan de utilizar.Lo cierto es que si intento pensar en ese momento en el que otros labios se posan sobre los míos, me viene de nuevo a la retina la imagen de un cabello rubio muy largo. Un cabello rubio muy largo, una respiración acelerada sobre mi rostro, un cuerpo pequeño apretado contra mi ropa de verano, un extraño malestar en la boca del estómago, una sensación de miedo y vómito y ganas de cerrar los ojos y borrar esa imagen de mí cabeza. No sé muy bien por qué, pero esa extraña sensación de querer borrar la imagen de mi cabeza.………………. 
Siempre he desconocido en qué estaba empleado mi padre. Él se marchó siendo yo un adolescente, y madre nunca ha querido hablarme de él. Sí sé que a consecuencia de su trabajo viajábamos constantemente. Parecíamos marionetas de un lado a otro. Siempre cargados con las maletas de ciudad en ciudad, recogiendo pedacitos de vida de aquí y de allá que aumentaban cada vez más los paquetes que habríamos de transportar al siguiente punto de destino.
Si cierro los ojos y pienso en el día que llegamos a Banel, me lleno de imágenes en blanco y negro. Banel se nos presentó como un pequeño pueblo de montaña casi deshabitado, con calles en blanco y negro, con casonas en blanco y negro, con días largos de un blanco intenso y noches espesas de un negro como no lo vi en ningún otro lugar.Las casitas parecían jugar al dominó unas con otras. Las calles serpenteaban como para jugar con niños inexistentes. Las habitaciones lloraban detrás de las paredes de piedra porque no aguantaban esa soledad que lo llenaba todo desde el suelo hasta los tejados. Padre caminaba completamente callado por delante de nosotros. Madre y yo avanzábamos de la mano, compartiendo ese miedo húmedo que nos empapaba las ropas cada vez que cambiábamos de casa. Sólo madre y yo compartíamos todo el uno con el otro. Padre vivía fuera de ese mundo, en una pequeña casita de cartón a la que no nos dejaba pasar. Se encerraba en esa parcela invisible y desaparecía a nuestros ojos. Si en alguna ocasión quería llegar a él tenía que soplar para que esa casita se derrumbase sobre su cabeza y lo dejara al descubierto.Recuerdo que en mitad de una calle sucia coloqué mis dos manos a ambos lados de la boca y soplé en dirección a mi padre.– Padre, ¿Queda mucho para la nuestra?-Padre caminaba con pasos largos, suspendidos, sordos como la forma de ladrarle los perros a la luna cuando la gente duerme- ¿Queda mucho para la nuestra?La casita de cartón esta vez se había caído. Padre me escuchó, alzó el brazo para que no volviera a preguntarle, y dirigió su dedo índice hacia el final de la calle, hacia una casita de madera casi derruida que se sostenía con bastón, que nos enseñaba los dientes negros, y que dejaba un fuerte olor a carbón en todo el pueblo.Madre me miró con tristeza. No le gustaba esa casa. No le gustaba el pueblo blanco y negro. No le gustaba la calle, ni ese cielo blanco, ni que no me gustara a mi la casa, el pueblo, el cielo, ese silencio terroso que se echaba la siesta contra las paredes de las casuchas. Pero a pesar de todo sonrío y me apretó las manos para que camináramos más aprisa y llegar cuanto antes a nuestro nuevo hogar.

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2 comentarios en “HISTORIA DE UN BESO (parte 1)”

  1. botón Says:

    Eexcelente trànsito entre un beso primero y un pueblo en blanco y negro…
    Saludos

  2. sonámbula Says:

    La verdad es que estoy deseando leer más.
    🙂


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