HISTORIA DE UN BESO (parte 2)

La primera noche que vi esos ojos clavados en mi, llegaría dos meses después de asentarnos en ese pueblo fantasma. Dormía sobre un cable de equilibrios. El sonido imperceptible de unos pies arrastrándose muy cerca de la cama me obligó a abrir los ojos. Estaba allí. Embutida en un traje completamente blanco, sin mangas, un traje de gasa ligera que se elevaba con el aire hasta cubrir completamente su rostro. Estaba allí y me devoraba en silencio. Me escrutaba con la tranquilidad del que ataca por sorpresa y provoca un gran numero de bajas en el ejército enemigo.
No me levanté. No me asustaron aquellos ojos clavados en mi, no me provocaron frío, no me incitaron al miedo de saber cómo habría logrado aquella chica entrar en nuestra casa, subir hasta mi habitación, permanecer allí parada junto al borde de la cama, sonriendo, con aquella extraña confianza que me mantenía maniatado al colchón sobre el que descansaba.
Ella sonreía como sonríe la transparencia de un espejo. Sonreía sin saber muy bien si era capaz de percibir mi presencia, o si simplemente miraba a través de mi, miraba la imagen de un pasado remoto que seguía rebotando contra las paredes de la habitación como rebota el eco contra las ficticias paredes de granito del acantilado.

Sólo recuerdo que hacía frío. Un frío extraño que parecía clavarse en la piel. Un frío que dolía intensamente, que espesaba el aire y lo convertía en una manta pesada y difícil de soportar. Que hacia frío y el silencio adquiría la forma de un grito insoportable, de un cristal roto que cae al suelo y corta y provoca sangre.
Sólo recuerdo que la sangre brotaba de la nariz. Resbala con lentitud por todo el contorno de la cara. Que la sensación se hacía molesta. Que levantaba mi mano y limpiaba el reguero de silencio que manaba de mi fosa. Que ella se asustó, y echó a correr, y atravesó la puerta, y yo cerré los ojos.

Sólo recuerdo que la luz entraba muy fuerte por la ventana. Que me quemaba el rostro. Que atravesaba mis párpados, y me obligaba a despertar muy temprano con una extraña sensación de angustia en la boca del estómago.

Mamá en el desayuno dictaminaría que se trataba simplemente de amor.

……………

Mamá recogía la colada del cesto de mimbre y la tendía con perfección sobre unos cables de acero que habíamos colocado en la parte trasera de la casa a los pocos días de llegar a Banel. Yo le alargaba una a una las pinzas y ella me las recogía de la mano con esa sonrisa perpetua que daba color a su rostro.
– Así que mi chiquitín está enamorado ¡ Vaya, vaya!
No me miraba a los ojos. No hacía falta. Sólo las palabras eran suficientes para provocar unas intensas ganas de orinar, una molesta quemazón en el pecho, unas ganas de salir corriendo y esconder la cabeza debajo de la almohada.
– Mi chiquitín enamorado. En un pueblo fantasma. ¿Y se puede saber quién es la princesa prometida?
Levanté los hombros con la esperanza de que aquella indiferencia alejara la idea de la cabeza de mi madre, y su conversación fuera la de todos los días: el trabajo, el silencio que se pegaba en todas las paredes del pueblo, la ausencia perfecta de papá, el grosor de la piedra que formaba la pared de nuestra casa…
– La princesa prometida- madre suspiró y dejó escapar una especie de brillo en el aliento, una especie de sueño, de deseo, una especie de vida perfecta que nunca existiría para ella, que nunca existiría para mi- Entonces tú debes de ser el príncipe azul.

Otra vez esas ganas de orinar. Otra vez esa presión agradable en la vejiga. Ese apretar y aflojar, ese jugar con la milésima exacta en que se relaja la vejiga y se deja escapar el orín. No me gustaba que mamá me hablara de ella. No me gustaba que la llamara la princesa prometida, ni a mi el príncipe azul. No me gustaba que dijera que estaba enamorado si ni siquiera había visto el rostro de aquella chica, ni había comido de su piel blanca como lo había echo yo, si nunca había abierto los ojos y se había sentido agradablemente observado por unos ojos tan hondos como aquellos.

Extendí una nueva pinza a mamá. La más húmeda de todas. La que más le doliera en la mano. Y mamá lo notó de inmediato. Notó el tacto extraño de aquella pinza de madera. Notó que no era una pinza como el resto, como todas las que le había ido pasando hasta el momento. Notó que estaba impregnada de odio. Un odio pequeño, pero de odio al fin y al cabo. Y se miró la mano. Se olió la mano con una tranquilidad pasmosa. Y Arrojó la pinza al suelo, muy lejos de sí, como para olvidar que aquella sensación podía teñir de negro nuestro mundo, degenerarlo, cubrirlo de lodo y dejarlo a oscuras para siempre.
Limpió su mano contra el delantal, me acarició la cabeza, y me sonrío de nuevo con esa sonría de cielo despejado que me obligaba a respirar más rápido de lo normal.

Creo que desde ese momento no volvió a hablar del tema de la princesa prometida.

CONTINUARÁ…

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2 comentarios en “HISTORIA DE UN BESO (parte 2)”

  1. sonámbula Says:

    Ese es un efecto secundario del amor del que no terminamos de liberarnos tampoco los adultos. Nos enamoramos y cuando nos nombran al ser objeto de nuestra adoración, y más aún, al sentimiento en sí… ese odio sordo de tesoro mancillado. Esta historia de un beso me tiene hechizada.
    🙂

  2. boton Says:

    Esa especie de “enajenación” que nos invade cuando somos incapaces de sacar a alguien de nuestro pensamiento…

    Me encanta tu historia.

    Un abrazo


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