HISTORIA DE UN BESO (parte 3)

Lo mejor sería colocar un espejo cerca de la cama. Atraparla en él para que nunca volviera a escapar. Una mujercita allí viviendo, una mujercita a la que poder visitar siempre que se antojara, seguramente ajena a los ojos que la espiarían… Pero ese era el problema: una mujercita separada de mí mundo.
Yo no quería una mujercita separada de mi mundo. Todo lo contrario. Quería que llegase la noche de una vez por todas, y encontrarla otra vez allí de pie, mirándome. Y yo quieto, bajo las sábanas, tratando de no mover un músculo para que nada la asustara y la llevara a salir corriendo de mi lado. Yo no quería un espejo que nos dejara todo frío, sino el vértigo en el estómago de esos milímetros que nos separaban, le fina seda de la tela de araña que nos interponía un abismo entre su-mundo-de-pie-ahí-mirándome, y mi-mundo-tumbado-ahí-esperándola-una-noche-tras-otra.
La idea del espejo, rota. Tirada en mil pedacitos por el suelo de la habitación. Resquebrajada. Clavándose en las plantas de los pies, doliéndome, pero con la quemazón de que aquella noche fuera como las de siempre: sin espejo, desnudos de vida, sin sonidos, sin mamá y sus pinzas de tender, sin los gatos que nos libraban de roedores la casa durante el día, sin casa, sin paredes viejas, folio en blanco para llenar de garabatos y después romper, y después quemar en los rescoldos de la lumbre.

Y efectivamente la noche llega como llega la sed después de tragar arena. Primero suavemente. Como un picorcillo en la punta de los dedos. Primero un abrazo deshinchado a los ojos, un párpado cerrado y el otro abierto, un sangrar constante del horizonte, un dormir los gallos en el palo alto del gallinero. Después más profundamente. Más acunar de grillo, más el color del pozo del jardín, el campo muerto, mamá dormida y lejos de mi habitación, más yo despierto, desnudo, tratando de ver una imagen acercándose a mi. Más otra noche y yo con los ojos del búho y con todas las pocas ganas de dormir de un mundo entero.

…………………..

Luana. Creo que ese es su nombre. Luana y doy un paso que me acerca más a casa. Luana. Estoy seguro. Y doy un nuevo paso sobre el barro. El bosque estaba a tres tiros de piedra, más o menos, al norte de la casa. Tres tiros de piedra de un adulto. 1283 pasos sin forzar su longitud. Para ser exactos 1254 de ida y 1283 de vuelta. Cuestión de cansancio. Y si, se llamaba Luana. El bosque entero me decía que se llamaba Luana. Las hojas secas caían de los árboles con el nombre estampado en su envés. Los escarabajos hacían pelotillas de una sustancia verde llamada Luana. Los carpinteros sólo golpeaban en los troncos que sonaban enteramente a Luana. Mis pasos sonaban a Luana más despacio o más aprisa según acelerase o ralentizase el paseo por las entrañas del gigante vegetal. Sí, ese era sin lugar a dudas su nombre.

Luana, Luana, Luana, 1283 veces Luana y la casa cada vez más cerca. De pequeñita y difuminada, a cercana y sucia y vieja y terroríficamente nuestra casa. El jardín espectral de árboles muertos, los pedazos de luna repartidos por la hierba seca, la tapia de piedra amarilla y arrugada como los apéndices amarillos y arrugados de los viejos, las ventanas sin dientes, las ganas de seguir allí, muertas y enterradas en cualquier rincón de aquella tierra suelta.
Y mamá sobre las escaleras del porche. Y junto a mamá una mujer gorda y desarreglada. Una mujer con los ojos exageradamente abiertos, escupiendo a mamá palabras ininteligibles, sonriendo de una manera vacía, como se sonríe en la noche, señalando una enorme tarta de chocolate que había puesto en manos de mamá. Y mamá sonriendo, agachando la cabeza en señal de agradecimiento, sonriendo con los ojos hacia mi figura que se empezaba a acercar por el sendero que iba desde el bosque hasta el mismo borde de la tapia del patio.

– ¡Ven aquí hijo!- empezó a gritar para que acelerara el paso- ¡ Ven mi niño, quiero que conozcas a la señora Candi!

Las dos en silencio hasta que apoyo el primer pie en el primer escalón que ascendía hasta el porche. Las dos en silencio y sonriendo. Mamá con la sonrisa de mamá, y la señora Candi con una sonrisa extraña, con una mirada extraña clavada en mí, con un suspiro contenido en el borde de la garganta a la espera de saber mi nombre, de sonreír enteramente, de acariciarme la cabeza en señal de aceptación.

– Hijo, te presento a la señora Candi. Es nuestra vecina. No había venido antes porque le dan miedo los extraños.

Mirando a sus ojos estoy seguro que le dan miedo los extraños. Estoy seguro que le damos miedo. Estoy seguro que la tarta está hecha de miedo. Y no comeré esa tarta porque a mi nunca me dio miedo nada, y no quiero que por comer tarta de una mujer a la que le dan miedo los extraños, empiecen a darme miedo a mi.

CONTINUARÁ… (estad atentos que la historia está a punto de acabar)

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One Comment en “HISTORIA DE UN BESO (parte 3)”

  1. sonámbula Says:

    Luana, la señora Candi, 1283 pasos, … estoy atenta


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