Huesos secos

Me fui lejos de la ciudad para recuperarme de aquella enfermedad de huesos. Se me estaban secando. Literalmente se convertían en polvo, se secaban como se seca la espalda de los desiertos, como se seca la baba de caracol sobre la piel rocosa de los muros, como se seca la piel amarilla de los ancianos y se deja llevar después completamente muerta por cualquier moviento pequeño del aire.

Y no dolía. Más que llamarlo dolor podía definirlo como si se tratara de una pequeña broca escarbando muy adentro, como una mina de carbón creciendo en la pantorrilla, como una finísma lombriz que filtra la arena del omóplato.

Nunca en toda su vida el doctor se había encontrado con nada parecido. Conocía aquella enfermedad de los huesos de cristal debido a importantes descalcificaciones. Pero este no era el caso. Los huesos simplemente perdían su aporte hídrico y se convertían en polvo blanco.

– No sé que solución darle, sinceramente. Pruebe con algo sencillo: estar todo el día a remojo, por ejemplo.

Lo cierto es que si a un desierto se le inunda de agua vuelve a ser un cuerpo húmedo, su aliento vuelve a ser verde y las lombrices dejan de remover tierra seca.

 Lo difícil de aquella decisión fue marcharse de casa, levantarse de la cama, bajar las escaleras, arrastrarse como una lombriz de arena seca hasta el pueblito en el que habría de estar todo el día a remojo.

Una piscina climatizada, un asistente dándome de desayunar con sus propias manos, de comer, de cenar. Dormir sobre esa cama de agua con la tensión de aquellos sueños en lo que pareces ahogarte o saltar al vacío desde un quinto piso sin que nada te pueda salvar del golpe de la caída.

Hoy por hoy, cuatro semanas después de haber llegado aquí, los huesos están tan húmedos que pesan como trapos empapados. Más que como trapos empapados, pesan como el barro negro después de una semana entera de lluvias.

Ahora el problema había cambiado el gesto de la cara.

Los huesos ya no se secaban y se convertían en polvo. Ahora lloraban como lloran los charcos en los que saltan los niños para mancharse hasta la coronilla.

Según el doctor, el peligro de esto ya no pasaba por la ausencia de una estructura dura capaz de soportar el peso de mi cuerpo, sino por la presencia de aquellos brotecitos de margarita dentro del barro de huesos que había detectado en las últimas radiografías.

– Pero no se preocupe por ello. Esto es sólo consecuencia de la primavera. Creo que este año se está adelantando. Verá como con la llegada del calor todo volverá a la normalidad y se le volverán a secar los huesos.

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3 comentarios en “Huesos secos”

  1. sonambula Says:

    OOOOhhh! Muy bueno, me encanta. Brotecitos de margarita en los huesos… :-)))))) Otro relato redondo, Desegundos. Lo he disfrutado muchísimo.

  2. desegundos Says:

    Muchas gracias sonanbula. Me agrada verte por mis letras

  3. JUJE Says:

    wowo…que buenas cosas se leen aca…cada vez mejores


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