Malas noticias.

Abuela estaba rara. Tan sólo introducir la llave en la cerradura de la puerta, hacerla girar, abrirla de un único movimiento y encontrarla allí plantada, en mitad del pasillo, esperándome con los ojos completamente fuera de sí, fue suficiente para comprender que algo andaba mal.

El tono de aquel rostro gris a punto de chispear, los brazos cansados y caídos a ambos lados del cuerpo, la ingravidez con que aquella postura la elevaba unos centímetros por encima de la tarima, ese intenso olor a mojado que rebotaba de una pared a otra del pasillo… algo había en todo aquello que no terminaba de encajar.

– ¿Tú vestida de negro? ¿Tienes fiebre? ¿Acaso estás enferma?

En treinta años de vida jamás había visto a abuela meterse en un trapo negro. Ya habrá tiempo de vestir de cucaracha cuando me tapeis con tierra, solía decir apoyando su mano derecha sobre cualquier pedazo de madera para ahuyentar los malos demonios.

Un gesto transparente de su brazo me empujó a seguirla hasta la cocina. Lavé mis manos mientras ella terminaba de poner la mesa. Nos sentamos juntos como de costumbre en ese silencio cómplice que hacía tiempo dejó de dolernos en los oídos. El silencio que nos llenaba los vasos y del que bebíamos para apagar la sed. Simplemente comíamos uno al lado del otro sin necesidad de interrogarnos.

– Abuela, esta comida está….

Lo cierto es que no encontraba la palabra adecuada para definirla. La sensación era como llevar a la boca un pedazo de algodón y que este absorviera toda mi saliva. Un pedazo de algodón insaboro, pesado, que conseguía que la lengua quedara pegada por completo al paladar como lo haría una ventosa.

– Qué es esta guarrería, abuela- le pregunté señalando el contenido del plato.

Ella se limitó a mirarme a los ojos. Sus labios trataron de dibujar una sonrisa condescendiente. Casi de inmediato, sin dejarme tiempo a vocalizar una sola palabra, llevó su dedo índice a la boca en señal de silencio.

– No te entiendo abuela. Qué diablos te pasa hoy. Estás consiguiendo que me asustar.

Sonó el teléfono en el salón. Dos llamadas. Tres llamadas. Abuela no hizo ademán de lavantarse a contestar. Cinco llamadas. Los dos mirándonos con los cubiertos detenidos en el aire. Seis llamadas. La sonrisa de la abuela pinchándome en el pecho. Saltó el contestador. Era padre.

– Hijo ¿no estás ahí? LLevo toda la mañana intentando localizarte. Es muy urgente. Tengo malas noticias. Debes venir al hospital. Le ha pasado algo grave a tu abuela.

 El silencio en la cocina. El hueco de abuela a mi lado. El hueco de la comida sobre la mesa. El hueco doloroso de la sonrisa de abuela. El hueco que había dejado el olor a tierra humeda que ya no rebotaba contra todas las paredes de la casa.

El silencio.

Abuela había muerto. Y creo que vino a verme por última vez.

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4 comentarios en “Malas noticias.”

  1. sonámbula Says:

    Me ha gustado mucho, Desegundos. Los espíritus son mi debilidad. Desde el punto de vista racional es un hecho escalofriante por imposible… pero… atendiendo al mundo de los sentimientos sería una gran suerte que alguien allegado viniera a visitarte, aún saltándose todas las leyes de la física ¿no crees? 🙂

    PD.: sigo a la espera de la continuación de la historia de los marinos, no creas que se me ha olvidado 😉

  2. desegundos Says:

    Para mi tb son una debilidad. Me encanta la parapsicologia. Y esto se nota en mis relatos. No crees? Sí, el relato de los marinos sigue adelante. Es un relato que estoy preparando para un premio. Pronto habrá nueva entrega, jajaja. Muchas gracias

  3. botón Says:

    Es una suerte haberte encontrado. También los temas sobre parapsicología es una de mis aficiones y disfruto con estos tus relatos.
    Eres muy bueno escribiendo, desegundos.

    Saludos!

  4. Carlos Says:

    en este mi momento…….. entrañable.Gracias


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