Habitación sin vistas

La habitación está oxidada. En el rincón derecho más próximo a la puerta, nace un manojo de margaritas debido a la humedad del orín. Empiezan a marchitarse por la falta de luz y la poca calidad del oxígeno.
Aquí siempre huele a orín, a sangre, a vejez, a excrementos, a encías viejas y desdentadas. Nunca ha habido ventanas en estas paredes. Nunca un trocito de cielo se ha colado hasta tus ojos, ni el aire del color del cristal, ni el olor de los amaneceres a las 6 de la mañana. Sólo es evidente este suelo duro, templado, y cubierto de cucarachas rojas.
Te levantas cuando se abren los ojos por sí solos. Eso no significa una hora en concreto. Es prácticamente imposible el distinguir una hora de la otra. La habitación siempre es del mismo color oxidado, coronada por la misma bombilla anaranjada, y aquí nunca han existido los días para ti, ni las horas, ni el miedo a envejecer. Sólo una larga vida del mismo color y la misma hora paralizada.
La soledad te habla constantemente al oído. No una soledad cualquiera, sino esa que te repite como un eco que te quites la vida, que no vale la pena seguir allí, atado a un mundo de diez metros cuadrados, respirando el mismo aire afilado que te desgarra los pulmones.
Lo cierto es que no conoces otra mundo fuera de estas paredes. Durante los momentos de descanso te despiertas con el ladrido lejano de unos perros taladrando en la cabeza. Tal vez ese sea el único recuerdo que te quede del otro mundo. De cuando la otra vida. Tal vez un recuerdo de infancia, de cuando existía el sol sobre la piel, y los paseos por el bosque, y la escuela, y Lucía dándote besos en los labios junto al río.
Lo cierto es que no recuerdas tu rostro. Tan sólo una mancha redonda reflejada en el agua con diez años de edad. Dos ojillos mirándose en la superficie de un agua que corría a una velocidad vertiginosa. Ahora no serás el mismo. Habrás envejecido lentamente, te habrás cubierto por una fina capa de arrugas que no te dejarán ser el de aquel instante. También las manos han envejecido, y la piel de tus brazos, y el músculo caído de todas las partes del cuerpo que te alcanzas a ver. La voz tiembla y es débil, y duele pronunciar alguna palabra de las que todavía recuerdas.
La palabra soledad es especialmente dolorosa. No hace falta que juegues con ella en la boca. La sola imagen en el cerebro se clava con una intensidad especial. Te duele la soledad por encima de todo. Te duele el estar ahí tirado como un perro, toda una vida entre mierda, y olores insoportables. Te duele que el sólo hecho de sentir girar la cerradura de la puerta cada vez que te traen la comida, te dispare las pulsaciones con la esperanza de salir de aquel agujero.
Se abre la puerta, se apaga momentáneamente la luz, agachas la cabeza con miedo y el plato se desliza por entre las cucarachas hasta toparse con tus piernas. Se cierra la puerta, vuelve la luz, y el plato de aluminio todavía tiembla con esa sustancia marrón en su interior.
Te inclinas sobre el contenido pero eres incapaz de verte el rostro reflejado, de ver la barba cana que tocan tus manos cada vez que las acercas a la barbilla. Eres viejo, de eso no hay duda, pero estarías más tranquilo si al menos supieras cómo eres, cómo están de cansados tus ojos, el mal aspecto que deben tener tus encías ahora que no sostienen ni un solo diente.
La razón de estar encerrado ya no te aprieta. Tal vez sí en los primeros momentos. Pero ahora no. No ya que te empieza a brotar un finísimo olor a muerte de debajo de las uñas. Ahora sólo te importa no mirar a la puerta cuando esta se abre, aguantar sin caerte redondo al suelo a consecuencia del olor de la orina, mantener a raya a las cucarachas rojas.
Te es difícil convivir con ellas. Más que convivir, el mantenerlas alejadas de tu carne. Ellas tienen un hambre difícil de calmar, y aprovecharán mientras duermas para robarte pedacitos. Siempre ha sido así. El truco está en engañarlas con el olor. Hacerlas creer que no te queda carne para que te roben. Que simplemente no estás. Embadurnarte con los excrementos y echarte a dormir en un rincón es asqueroso pero efectivo. Siempre han sido incapaces de soportar el olor. Preferirían devorarse las unas a las otras, a comer de tu carne sucia.
No recuerdas muy bien el primer día que llegaste allí. Tan sólo distingues que existe una línea delgada que separa tu vida anterior de esta. Distingues que no siempre han existido estas paredes, estas cucarachas, estas carnes arrugadas. Si miras hacia atrás tal vez te veas corriendo a lo largo de un camino de arena, perseguido por tu padre, llorando sin recordar muy bien la razón de aquella escena. Tal vez tendrías 17 o 18 años y todo el miedo del mundo colgando de tu espalda.
Tal vez si apretases los ojos muy fuerte y escarbases con las uñas el suelo sucio recobrarías aquella palabra que grabaste cerca de la puerta el día que llegaste allí. Tal vez si consiguieses recordar la manera de leerla, de descifrar sus símbolos grotescos, llegarías a recordar todo lo que sucedió hace mucho tiempo.
HIJO
Recordarías por ejemplo a Lucía si leyeses esta palabra. La manera desorbitada que tuvisteis de amaros. Recordarías la oposición de ambas familias porque siguierais juntos. El día que te dijo llorando que la habías dejado embarazada. Cómo te suplicaba que os fugarais. Cómo la tranquilizabas diciéndo que os comprenderían, que todo tendría solución, que sabrían comprender lo que sentíais el uno por el otro.
Si leyeses la palabra HIJO grabada en el suelo con tus propias uñas, recordarías lo inmensamente doloroso que fue todo. El sabor a sangre en la boca por el guantazo que te propinó tu padre cuando le contaste la historia. Cuando le hablaste de Lucía y vuestro hijo. Recordarías la reunión entre las dos familias. El recelo que revoloteaba entre todos. El odio que llenaba los vasos de la mesa a la que os sentabais.
Si leyeses la palabra marcada en el suelo recordarías el acuerdo entre las dos familias, el apretón de manos entre tu padre y el padre de Lucía, las dolorosas palabras que sentenciaban vuestras vidas:
– Que se pudran encerrados de por vida. Sería inaceptable que todo el mundo supiese que nuestras familias se han mezclado. Que se pudran encerrados entre cuatro paredes.

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3 comentarios en “Habitación sin vistas”

  1. ranita froggy Says:

    muy bien Emilio es un relato precioso y profundo aunque muy triste

  2. botón Says:

    Tremendo. Por momentos tu relato conseguía imprimirme una sensación de inmensa angustia y desasosiego. Tienes la maestría de crear el ambiente que deseas y lo haces hasta provocar tantas sensaciones en el lector…

    Un abrazo!

  3. Sonámbula Says:

    Comparto los comentarios anteriores. El relato es de gran calidad y refleja, con certera crudeza, las consecuencias de vivir entre “almas negras”.
    Un beso,


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