LIMPIO DE PECADO

Escena 1

El puñetazo no era para ti. El hecho de tener un morado justo debajo del ojo se debía a ese movimiento instintivo que te había llevado a interponerte en la trayectoria del puño de León. Luisito temblaba apoyado en tu espalda cuando casi se te doblan las piernas por la fuerza del golpe en pleno rostro.  Luisito temblaba y daba gracias al cielo por ti, por ese movimiento tuyo que lo libró de la paliza. León se reía por lo ridículo de aquella situación. El corrillo a vuestro alrededor guardaba un silencio pastoso, como ese respeto que sobrevuela en las tapias agujereadas de los cementerios cuando empieza a caer la tarde.“Eres un imbécil y lo tienes merecido. Cuida de cruzarte conmigo porque te va a costar caro” León te sujetaba de la pechera como lo hacen en las películas del oeste. Su aliento olía a aceite de oliva y atún y a una rabia difícil de definir con tus trece años. El ojo escocía. El pis apretaba por escaparse de la vejiga. Luisito te dejaba una marca de baba a causa del miedo en tu camiseta de los viernes.

León y tú vivís en el mismo portal. Él en el ático y tú en el tercero. Será difícil no cruzarse alguna vez con él. Pero lo cierto es que tú no le tienes ese miedo que le tienen el resto de los que os miran. El resto del colegio. Tu miedo es más pequeño. Más de controlar la situación. Más un miedo impuesto (“lo normal es tenerle miedo, y nunca le mires a los ojos o te pateará”) que un miedo real. Más un miedo de cuento infantil que ese miedo de carne y hueso que le tienes a los armarios cuando se va instalando lo noche en tu habitación.

Quizá ese miedo distinto se deba a tener que convivir constantemente con él, a tenerlo sobre la mesa en el desayuno, y beberlo calentito y blanco cada noche antes del sueño.

León sencillamente decide soltarte la camiseta, mirarte de arriba abajo y señalarte con su dedo índice dos veces. Dos movimientos rápidos que significan imbécil, imbécil. Se ríe descaradamente y te enseña el hueco que ha dejado su colmillo izquierdo de leche al caerse. Un hueco ridículo. Te da la espalda y el círculo de mirones se separa para dejarle salir como si nada hubiera pasado.

Raquel se te acerca y te abraza. Te abraza nerviosa y te besa el morado que empieza a dibujarse en tu pómulo. “Pobrecillo ¿Cómo se te ocurre? ¿Es que no te advertí que ni siquiera le miraras a los ojos?” Tú no le tienes miedo. No eres como todos esos cobardicas que le dan su bocadillo sin que ni siquiera se lo pida por librarse de un puñetazo. A ti nunca te han dado miedo los puñetazos. Y mucho menos un matón de recreo que se dedica a atemorizar a todo el mundo.

Luisito ni siquiera respira todavía detrás de ti. Le sientes y sabes que está ahí porque percibes el contacto caliente de su baba sobre tu espalda. Notas el miedo saliendo de sus fosas nasales y dándote golpecitos en la nuca. Está bien pero paralizado por el terror. Está contento porque la mala suerte de cruzarse con León le ha hecho encontrar en ti a un nuevo amigo. 

Escena 2

La profe de mates lleva las gafas caídas. Parece que su nariz tiene la forma perfecta para que se sujeten de esa manera. Sus dos ojos de color carbón asoman por encima de los cristales y buscan a aquel de vosotros que tiemble más para sacarlo a la pizarra. Parece que sabe seleccionar su presa a la perfección. Es algo así como olfato asesino. O como vulgarmente te dice Fernando: “son ganas de joder la marrana”

Hoy pregunta la tabla del ocho y a ti no te dio tiempo de memorizarla por el numerito de casa. Se te hace difícil estudiar de esa manera, con las discusiones arreando golpes en las puertas, con el alcohol corriendo como las hormigas por el parquet deteriorado, con el odio que fermenta como el moho sobre la piel de papá y de mamá.

La vinagre (la llaman así porque con su carácter y un chorrito de aceite se podría aderezar una buena ensalada) pone sus dos carbones sobre Raquel. Ella agacha la cabeza y empieza a ponerse nerviosa. Puedes respirar esos nervios desde tu sitio. La conoces lo suficiente y sabes de sobra que ese pequeño temblor en el párpado superior izquierdo no traerá nada bueno. Es el preludio a una catástrofe.

La profe respira hondo porque le gusta hacer sufrir a los más débiles. Raquel es ahora la más débil de toda la clase. La situación es similar a esos sueños en los que apareces desnudo en mitad de una multitud, y todo el mundo te mira, y todo tu empeño se centra en ocultar el mayor número posible de partes del cuerpo.

Te asusta aquel ataque epiléptico que sorprendió a Raquel en la pizarra no hace más de tres meses. El profe de ciencias insistió más de lo normal en una pregunta y ella se puso nerviosa. Empezó con ese pequeño temblor en el párpado y terminó desplomándose con los ojos en blanco y la espuma espesa llenándole la boca.

Fue un susto importante para toda vuestra clase

Por eso no te gusta encontrarte ese temblor en el párpado de Raquel. Tienes miedo de que vuelve a suceder algo parecido. A que Raquel se desplome otra vez más en tu presencia y esta vez sencillamente no se recupere.

Lo cierto es que sabe a la perfección la tabla, pero odia con todas sus ganas que todos los ojos estén fijos en ella. Sabes que odia que la obliguen a salir a la pizarra y que todo el mundo esté pendiente de sus respuestas. Temes que si la vinagre pronuncia su nombre se desplome como aquella otra vez que se te encogió el corazón y en la que definitivamente te enamoraste de ella.

Carraspeas y el sonido rebota por toda la clase como esas pelotas de goma imposibles de detener.

La profe deja a Raquel y se clava en ti. Su mirada te duele más que el puñetazo de León. Ahora el miedo es distinto. Es más fino, más del estilo de la punta de un alfiler, más del estilo en que duelen los huesos cuando se rompen. Te invaden unas ganas terribles de vomitar, de salir corriendo de allí, de ser ya mayor y no tener que memorizar cada día una nueva tabla de multiplicación.

         A la pizarra pequeña sanguijuela.

Ahora es a ti a quien le tiembla el párpado izquierdo, pero el alivio que refleja la mirada de Raquel mientras te levantas de la mesa, es más valioso que el mal rato de tener que salir a la pizarra sin haberse aprendido el tema la tarde anterior.  

Escena 3

Ves al peque llorando en la puerta grande del colegio. Está sólo y parece buscar con ansias la figura familiar de alguien. Las lágrimas amarillas y los mocos le llenan por completo el rostro. Las mangas de su jersey azul están húmedas de limpiarlo con ellas.

A pesar de que sabes que es uno de los peques, y que si te ven cerca de él se reirán de ti, te aproximas y le preguntas con tu mirada qué le sucede.

         Mamá…

Sigues con tus ojos la trayectoria que marcan los suyos y no tardas en comprender que llora porque no está su madre. Que llora porque ve como todo el mundo sale del colegio y se tira a los brazos de alguien. Todos menos él. Comprendes que llora porque su nadie acudió a recogerlo como seguro hacen cada día a esa misma hora. Y el peque se siente solo y desprotegido. Abandonado.

Ignoras lo que significa esa sensación porque nunca nadie te llevó al colegio y te fue a recoger más tarde. Es algo que nunca sentiste en tus propios huesos. Mamá nunca hizo esas cosas contigo y a ti tampoco te llegó a importar lo suficiente. Sabes, por lo tanto, que jamás derramarías una sola lágrima por un motivo similar. Pero aún así compartes la desazón que hormiguea por todo el cuerpo del pequeño. Las mismas ganas contenidas de orinar que tú sentías cuando León te estaba agarrando del pescuezo. Las mismas margaritas marchitándose dentro de las venas. Puedes llegar a comprenderlo todo y te compadeces de él y del charco de tristeza que está creciendo bajo sus pies.

El peque te observa y lanza hipitos provocados por la angustia que lo agarra del cuello. Espera que tú le soluciones la papeleta porque eres mayor y los mayores le encontráis soluciones a todos los problemas. No sabes muy bien lo que hacer, pero tampoco quieres defraudar a esa pequeña persona que confía plenamente en ti.

         ¿Dónde vives?- le preguntas sin estar muy seguro de que sepa tan siquiera responderte.

Señala con su dedo índice hacia el lugar en el que clavaba anteriormente sus ojos.

Sin pensarlo le agarras de su mano y tiras del brazo para llevarlo a rastras la calle arriba. Avanzáis esquivando a la gente que llena toda la acera, que lleva de sus manos a los niños, que ríen escandalosamente para que el rostro del peque se llene un poquito más de tristeza sucia.

Cuando casi habéis recorrido por completo la avenida, el niño se detiene en seco ante la puerta de hojalata de un portal. Es aquí. Empujas con tus dos manos pero la hoja no cede. El niño levanta de inmediato su mano derecha y forma con sus dedos un tres. Comprendes que ese tres debe ser la tecla del telefonillo que debes apretar.

No tarda en aparecer la voz ronca de un mujer adulta. Parece desorientada, o dormida, o borracha, pero es suficiente para que el rostro del peque se ilumine y cambie el color.

         Señora- te ves diciendo a un aparato- creo que le traigo a su hijo.

         ¿A mi hijo?- su desorientación me estaba manchando la cara

         Lo encontré llorando en la puerta del cole. Él me trajo hasta aquí. Me marcó un tres con su mano y supuse…

         Qué hora es- el pánico brotando de su garganta- ¡Ay Dios mío!¿Qué hora es? Me he quedado dormida. ¡Pobrecito mío!

No tardaría en bajar rodando por las escaleras un cabello desordenado, un camisón sucio y agujereado, una mujer medio borracha que reconocería rápidamente al peque que se clavaba en tu mano.

En ese momento todo se convirtió en risas y abrazos y cariños y perdones y multitud de agradecimientos por tu gesto. La madre te sonríe abiertamente y te enseña unos dientes negros que tardarías muchos días en borrar de tu mente. Te coge la mano derecha y pone sobre ella un buen puñado de Sugus de todos los sabores. Es su manera peculiar de darte las gracias por rescatar a su pequeño de un mundo de mayores.

Los caramelos terminarán en el fondo de la primera papelera que te encuentras en tu camino de regreso. Sencillamente no quieres que tus dientes acaben de la misma manera que habían acabado los de esa mujer. Además es mucho más dulce el sabor de un buen acto que el que te dejan los caramelos en el paladar.  

Escena 4

Tu casa te espera en el mismo sitio de siempre. No obstante según te aproximas a ella tienes la esperanza de que todo haya cambiado, de que bajo ese techo de teja rota se haya cumplido tu deseo de una nueva vida.

Delante de ti la misma puerta oxidada, la misma escalera cubierta de cucarachas muertas, la misma oscuridad de bombilla fundida, el mismo olor a escape de gas, la misma barandilla cuya pintura se pela al menor roce de tu mano.

El silencio de boca desdentada llena los portales sucios de la ciudad. Especialmente el tuyo. Recuerdas ese olor desde muy pequeño.Cincuenta y seis peldaños hasta que completas las cuatro plantas que tiene el edificio. Y ahí te encuentras la puerta de cartón piedra que papá agujereó de un puñetazo la noche en que mamá no quería que entrara. Desde ese ojo de buey sin cristales puedes divisar por completo la longitud del pasillo. Está vacío, y sucio, y oscuro, y huele a las lágrimas de mamá, a las borracheras de papá, a los gritos de los dos cada noche, a tu miedo allá al fondo del pasillo, en la puerta de la izquierda, en esa habitación en la que te escondes del mundo.

Llamas con los nudillos y aguardas a que alguien acuda a abrirte. Ves cómo las piernas de mamá salen de la cocina y recorren el pasillo con parsimonia. Se acercan renqueando hasta ti. Acto seguido percibes el sonido del cerrojo al descorrerse, el canto de grillo de las bisagras, y ahí te encuentras de frente las lágrimas de mamá dándote las buenas tardes, su cara rota, la sonrisa forzada con que te recibe siempre.

         ¿Todo bien mi niño?

         Todo bien mamá

Y no le preguntas por su llanto, ni por papá, ni por esa mierda de vida que os ha tocado vivir, ni por la razón que impide que seáis una familia normal, con un perro que te reciba al llegar del colegio, con una sonrisa tatuada en la cara de tu madre, con una caricia en tu cabeza cuando padre llega directo del trabajo para cenar.

Sencillamente te encierras en tu habitación, tiras los trastos del colegio sobre la cama, te arrodillas en la alfombra sucia de pelo de oveja, y te pones a rezar de nuevo, a pedir como haces todos los días para que toda esa bazofia cambie, para que tu vida entera cambie. Es un trato: tú te pasas el día entero actuando como un niño bueno, haciendo más fácil la vida de los que te rodean, recibiendo puñetazos de León que no son tuyos, salvando a Raquel de un ataque epiléptico seguro, rescatando a niños perdidos a la puerta del colegio… y a cambio toda tu vida se borra de un plumazo y empieza otra nueva. Otra más feliz.

¿Me escuchas Dios? Esto es un trato.

No entiendes cómo hoy ese trato no se ha llegado a cumplir. Como Dios ha vuelto a hacer una vez más oídos sordos. Crees que tú fuiste un niño bueno, que cumpliste tu parte, y que Dios debería haber cambiado tu vida, tu familia, tu casa.

A lo mejor es que hasta ahora no has sido lo suficientemente bueno.

Esa es la verdadera razón.

Pero cambiará seguro.

Si de ti depende que todo vaya bien, cambiara seguro.

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6 comentarios en “LIMPIO DE PECADO”

  1. sonambula Says:

    La vida es perversa y se ceba en los corazones puros, de ahí, justo de ahí, su perversidad. Espero que lo aprenda, pero que no pierda su fe por ello, porque lo único que comparte la vida con esa esencia divina son los corazones puros que de vez en cuando se encuentran…
    La verdad es que me gustaría poder leer este relato (y otros) en un libro con tu nombre. Saber que está en la estantería y que puedo tocar sus hojas, recorrer las letras y sumergirme en los espíritus que las poseen. ¿Has intentado publicar? No me gusta esta palabra pero… deberías.
    🙂

  2. Botón Says:

    Me ha conmovido.
    Sonámbula tiene razón. También pienso que sería un libro precioso…

    🙂

  3. juje Says:

    Es un desperdicio que no publiques, sí sí…

    depende de tí que todo vaya bien… 🙂

  4. Sonambula Says:

    Hola Desegundos, no se por dónde andarás pero espero que estés feliz y a gustito… jajaja! Buena Navidad y Buen Año Nuevo. Un saludo sonámbulo,
    S.

  5. linilla Says:

    Escribes muy bien. Me gusta!! yo también escribo desde desde pequeña. Me encantaría que te pasases alguna vez por mi blog y dejases tus impresiones y demás.
    http://linilla.wordpress.com/
    Firmo con L.Ferre Marzo. Saludos!!


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